Prudencia Linero es una cristiana devota. Su marido
—el único amor de su vida— enferma de joven y está treinta años en el lecho.
Sus hijos se casan y la dejan sola. Se hace franciscana y no sale de casa.
Decide salir por primera vez de Colombia para emprender un viaje a
Roma para visitar al Papa.
La historia entera es la desilusión de una
cristiana y el desmoronamiento del ideal que tiene de Europa y de los
religiosos y del Vaticano. Es una constatación de la enorme diferencia entre la
teoría y la práctica. Aún así, y con resignación cristiana, como caracteriza a
los franciscanos, la feligresa sigue creyendo, rezando y aguantando;
autoinculpándose muchas veces y preocupándose siempre por los demás y evitando
de mostrar su pena llorando a la gente.
Hay un fantástico resumen de la decadencia de la
sociedad que percibe Prudencia Linero cuando está acabando de comer en la fonda:
Gente que lleva poca roba (inmoralidad)
Parejas que se besan (Perversión
sexual, sexo prematrional)
Hombres jugando a los dados (Lujuria)
Vino sin color (falta de Cristo)
En este relato se hace evidente la sutileza de
García Márquez a la hora de mostrarnos lo que piensa el personaje principal y
lo que realmente pasa. Los europeos latinos son —contrastando con los
latinoamericanos— descritos como personas un tanto irresponsables pero que
saben vivir la vida, y encima de todo muy egoístas y hasta un poco cretinos.